Estos días, mientras leía (no me preguntes ahora dónde, que soy incapaz de recordarlo), me topé con una reflexión interesante. Trataba sobre el deseo de poseer un gran automóvil, uno de esos como un Porsche (tampoco sé mucho de coches, lo siento). La esencia de esta reflexión era que, cuando alguien ansía un coche de ese calibre, lo que en realidad está buscando no es tanto el vehículo en sí, sino la admiración y el respeto que cree que le conferirá poseer tal símbolo de poder.
Curiosamente, cuando tal coche pasa por su lado, no suele fijarse en quien lo conduce. Más bien, se imagina a sí mismo al volante, saboreando las miradas de aprobación y el aura de respeto que imagina que el coche le otorgaría. Esto plantea un interesante contraste: la persona no le brinda el respeto que busca a los conductores de los coches que admira, pero, sin embargo, está convencida de que ella misma recibiría ese respeto si estuviera en su lugar.
Estos días he estado cerrando varias ediciones de la certificación de coaching de Greatitute. Creo que hemos conseguido que ese módulo, el último, sea algo mágico. Lo hemos convertido en un viaje hacia los deseos más profundos de la expresión de cada ser humano, de cada persona que se forma con Greatitute, para luego bajarlo a tierra, convertirlo en una estrategia accionable. Se mueven muchas emociones en esas horas, a veces por el asombro del descubrimiento propio, en otras ocasiones por la sorpresa al desentrañar la estrategia.
Yo, que me dedico a esto, entre otras muchas cosas, por el privilegio de observar el asombro del descubrimiento propio, he pasado estas últimas semanas reflexionando acerca de lo que quiero contarte hoy.
Observo en esos «ya» coaches, en primerísimo lugar, un profundo deseo de servir al prójimo, de hacer de este un mundo mejor, de la generosidad que tienen de poner al servicio de la humanidad el tesoro que tienen en su interior.
También puedo ver que en ocasiones buscan también su propio Porsche. A veces es en forma de riqueza, o de admiración o de respeto o de demostrar que valen.
Y por último, entre otras muchas cosas, puedo ver que una de las cosas que más presente está es «la vida». La vida es algo curioso, consiste tan solo en respirar, en oler una flor, en acariciar la piel del ser amado, en bañarse en el mar, en tomar el sol, en la libertad de sentir en su máxima expresión.
Esto, a mí, que soy de siempre aplicarme el cuento, me lleva a reflexionar sobre la relación entre el ego y la vida. Entre el esfuerzo y el simplemente vivir. Me lleva a preguntarme cuánto de vida propia me cuesta dar vida a mis sueños.
Contemplando el impulso del ser humano de vivir en unas eternas vacaciones en las que la vida consiste en dejarse acariciar por los rayos del sol, a la vez que el deseo de querer ser respetado me sigue asombrando las formas diversas que tenemos de conjugar el ego y la vida. También las múltiples estrategias que inventamos para conseguir ese respeto. Unas personas escribiendo libros, otras siendo abundantes, otras consiguiendo autoridad o buscando la forma de tener un Porsche.
¿Y tú? ¿Cómo conjugas tú ego y tu vida?
Si tú también quieres experimentar un viaje hacia las profundidades de ti, si quieres soñar en formas nuevas de conjugar tu ego y tu vida, a la vez que ayudas a otras personas a hacerlo, puedes subirte al barco. Tenemos la mejor formación en coaching que hemos podido imaginar: la que nos hubiera gustado tener a todo el equipo de Greatitute.